TEXTOS

Kronos

Primero es tu padre,

que convence a tu madre

para que abra las piernas

hasta que la muerte

los separe.

Después de rezar muchos rosarios,

Apareces tú.

Un padre es el primer hombre

al que decepcionas

-él quería un varoncito-,

pero luego reflexiona

y piensa

que no es mala suerte

tener una hijita

que también se enamore de él

y se meta con su madre

-la vida es tan aburrida

para tu pobre padre-

Tu padre es el primer hombre

que se estremece al oler tus pechos

cuando te pruebas

-niña inocente y perversa-

tu primer sujetador

como quien estrena

una libreta.


Soluciones Contra Plagas

-¿Está enfermo?
-Sí -dice el experto.
-Habrá que hacer algo.

Eva observa el aspecto del manzano que tiene ante ella. Un ejército de seres minúsculos y oscuros aniquilan sus partes verdes: pulgones. El diagnóstico es claro. La solución, sencilla. Un buen insecticida acabará con esos parásitos molestos fácilmente y con rapidez.

-¡Ma! -grita una vocecita aguda.
-¿Qué quieres, Gabito?
-Ma, mía, cuca nene.
-¿Una cuca? A ver, a ver, ¿me la enseñas?

La criatura tiene cara de angelote en tecnicolor: pelo rubio de grandes rizos, ojos azules y redondos animados por mofletes rechonchos, rosados, de aquellos que se prestan sonrientes al pellizco y a los besitos babosos de las señoras recién presentadas. Con gritos de triunfo (“¡mía, mía!”), Gabito le enseña a mamá Eva una mariquita que acaba de cazar, indicándole con su media lengua y con un índice regordete que la ha encontrado junto a la fuente que anima las tardes silenciosas de la casa.

-¡Qué bonita! ¿La has cazado tú solo?
-Tí -contesta el niño.

La pregunta es absolutamente estúpida, cosa harto frecuente en las madres primerizas: salvo ella y el experto que ha diagnosticado la plaga de pulgones que arrasa su campo de manzanos, no hay nadie por aquí que pudiera ayudar a Gabito en su captura. Pero esto no es lo que nos importa por ahora.

En este mismo lugar, hace un tiempo:

-¿Y a dónde vas?
-No sé, ya veré.
-¿No me lo quieres decir?
-No me agobies, por favor.
-¿Hay otra?
-Sabes que no, te lo he dicho cientos de veces.
-No, no lo sé, y digas lo que digas, no te creo.
-Ese es tu problema.

Son un hombre y una mujer. Ella se llama Eva. El nombre de él no tiene importancia. Ella está embarazada de nueve meses. Pero él se va. Y la partida le duele a ella más que el parto que va a sufrir esa misma tarde. El fruto de tanto dolor se llama Gabito.

Gabito es el compañero de Eva desde hace muchos días y pocos años. Se parece bastante a su padre, pero su corta edad y, quizá, el hecho de vivir a solas con su madre, le dan la fidelidad y la dependencia que ella necesita. La mujer necesita alguien fiel. Alguien que no la abandone. Alguien que la quiera. Gabito necesita a mamá. Gabito quiere a mamá. Consecuencia: mamá quiere a Gabito. En la casa blanca que custodia un ejército de manzanos sólo se oyen tres voces: una, masculina y aguda, otra, femenina y aguda, y la tercera, sin sexo definido, algo más grave. La tercera voz es la del agua de la fuente al caer en la pila de piedra. Es la voz del silencio. El testigo de la soledad de Eva.

Eva sólo tiene a su hijo. De pequeña se quedó huérfana de padre y de mayor se quedó huérfana de hombre. A su madre no la conoció nunca. Cada cierto tiempo aparece por aquí algún individuo del sexo masculino. Pero siempre se van. Y la dejan a solas con Gabito. Entonces, todo su mundo gira en torno al niño. Él ocupa dieciséis horas de cada día de cada uno de sus días. A veces más. En ocasiones, incluso veinticuatro: el niño sufre terrores nocturnos. Eso lo ha heredado de su madre. Sueña que viene un hombre y se lo come. Es un sueño absurdo, como todos los sueños.

Cuando una mujer convierte a su niño en el centro exclusivo de su interés por el mundo, se establece una relación en la que no cabe nadie más. La hembra se vuelve posesiva, celosa en exceso de la seguridad de su criatura y, a veces, puede producirse un curioso efecto de marcha atrás en la evolución natural de los individuos: la madre se acerca tanto al mundo del hijo que éste puede contagiarle, en cierto modo, su grado de inmadurez. En este caso, la estupidez de la hembra es disculpable, sobre todo si no hay más criaturas que reclamen su atención. El proceso sería irreversible de no aparecer algún factor de cambio. Pero volvamos al principio.

Primero: el experto dice que el árbol está enfermo. Consecuencia: ella decide hacer algo. Segundo: ella cree que un insecticida acabará con los pulgones que infestan su pequeño paraíso campestre. Consecuencia: él decide hacer algo por ella. Corrección: él decide hacer algo con ella. Tercero: Gabito interrumpe el proceso. Sin consecuencia. Metodología: cortejo y exhibición del macho. Posibles problemas del experimento: niño.

El experto mira a Eva y se pregunta qué hace una real hembra como ella viviendo a solas con ese mocoso. Se pregunta, también, si no habrá algún hombre en la casa. La cara de interés que adopta la mujer ante su explicación sobre las ventajas que la lucha biológica contra plagas posee frente a los insecticidas más radicales le da la respuesta a la segunda pregunta. La respuesta a la primera no le importa demasiado. Arrebata la mariquita a Gabito y demuestra sus conocimientos con una larga disertación que se parece al gesto del pavo real desplegando su cola.

-La mariquita, de cuerpo convexo y color encarnado brillante por encima, algo folklórica por su bata de lunares negros, es un insecto que resulta simpático incluso a los niños, como se puede comprobar. Unas cuantas caben en una caja de cerillas con holgura, son fácilmente transportables y se pueden coleccionar: las hay que tienen dos puntos en su vestimenta, siete… Conocida también por el nombre menos agradable de cochinilla y por otro en latín que ahora no viene al caso, no todos saben que es un temible depredador. Para que un depredador sea eficaz, debe tener una gran capacidad para reproducirse, y ella la tiene, debe actuar contra muchas especies y devorar muchos individuos, y ella lo hace, debe poder sobrevivir aunque le falte la comida, y ella puede, debe resistir a los productos fitosanitarios y a las condiciones climatológicas desfavorables. Y ella resiste. La simpática mariquita es, pues, muy útil para los agricultores, pero temida por algunos insectos como los pulgones. Se podría utilizar en este caso con claras ventajas para el medio ambiente, porque de este modo evitaríamos el uso de sustancias tóxicas, y…

Y sigue hablando. El experto sigue hablando. Y coloca, con gesto triunfal, el bichito de Gabito en el manzano. Mamá Eva sonríe. Él sonríe. El niño sólo mira. Pero mamá Eva no lo tiene claro. Prefiere combatir la plaga con un buen insecticida.

Días más tarde, vuelve el hombre a casa con ojos cazadores. Ve al niño:

-¿Y tu mamá?
-No tá, no tá.
-¿No? ¿Y qué haces tú aquí solo?
-¡No tá!

En ese momento llega Eva, con ojos reidores y algo desmelenada por la visita del cartero, que traía cartas urgentes:

-¡Hola! Ya me parecía a mí que había alguien por aquí… ¿Qué tal? ¿Me has traído el insecticida?

El hombre responde que sí, adivinando los pechos de la mujer libres bajo el vestido y olvidándose de que Gabito lo mira. Hombre y mujer se abrazan y se dirigen hacia la casa. Él deja el paquete mortífero en la entrada. El niño se queda solo de nuevo, junto al manzano. Se acerca y lanza un grito de alegría: el árbol está lleno de mariquitas. ¿Cuál será la suya? Pero la respuesta a esta pregunta no le importa demasiado, porque ahora necesita a mamá y recuerda sus palabras: habrá que hacer algo.

-Tí -dice el experto.

Con los ojos turbios, se acerca a la puerta. En la casa blanca que custodia un ejército de manzanos sólo se oyen tres voces: una, masculina y ronca, otra, femenina y aguda, y la tercera, sin sexo definido. La tercera voz es la del agua de la fuente al caer en la pila de piedra. Es la voz del silencio. El testigo de la soledad del niño.

Horas después, la puerta se abre y sale la pareja unida por una mirada cómplice. Los atan sus manos. De pronto, la mujer se libera y corre, escapando entre risas. La llevan sus ojos iluminados y sus cabellos al viento. El hombre la persigue, riendo. Lo guía el olor a hembra en celo. La caza. Le muerde el cuello. Ella le lanza una sonrisa que es toda dientes. Pero él la suelta porque de pronto piensa en otra cosa. Se acerca al manzano y lanza un grito de alegría:

-¡Ya no hay pulgones! ¿Lo ves? Ya no hará falta el insecticida. La naturaleza ha hecho una buena obra.

Eva se alegra y, para celebrarlo, arranca una manzana y se la ofrece al hombre.

-¿Y tú? ¿No quieres?
-Sí, espera, ahora vuelvo.

Ella se va. Se va a buscar el paquetito inútil para devolvérselo. Él observa la manzana satisfecho. La acerca a sus ojos. La rodea con su mirada. La aleja, tapa con ella el sol radiante. La acerca a su boca. Y la muerde una y otra vez. La devora, contento. Sus teorías científicas se han confirmado. La devora, ansioso. Su cuerpo tiene hambre porque ha hecho mucho ejercicio. Él tiene más hambre de hembra. Pero ella aún no viene. Ella se demora un poco. Él cae fulminado.

Cuando la mujer vuelve, cree que el hombre le está gastando una broma y le dice con cariño que es idiota. Le toca un brazo. Le coge la mano. La suelta. La mano cae como un plomo. Ella frunce el ceño con cara de interrogante y mira a su alrededor:

-¿Gabito?

Pero el niño no responde. No hay nadie más allí ahora. Está sola otra vez, junto al manzano.

Desde arriba observo la escena. Son un hombre y una mujer. Ella se llama Eva. El nombre de él no tiene importancia. Ella se queda, pero él se va. Como todos.

Se acerca y observa mis hojas ya sanas sin entender. Distraídamente, mira hacia abajo y lanza un grito: ahí está el paquete inútil, en el suelo, abierto. Se agacha, lo coge. Lo acerca a sus ojos. Lo envuelve con su mirada. Sonríe. A un lado de la caja puede leerse: “plazo de seguridad en frutales, veintiún días”. Y al otro: “manténgase fuera del alcance de los niños”.


Esplendor y Ruinas

En el Planeta de los Muertos
-más yacen bajo tierra
que sueñan vivir sobre ella-
las piedras tienen memorias
que el corazón no entiende.
Vigilando nuestros pasos,
atendiendo a nuestros días,
sufren embates de sol y viento,
lluvia y barro.
Permanecen
con brutal indiferencia
en sus grietas yuxtapuestas
de tiempos que ya no vendrán
y han sido
testigos de nuestras horas
dormidas en larga lucha
del tenerse en pie de humanos.
Son hermosos los espacios
que se abisman en relojes
si estas insignes cucarachas
que admiran la arenisca erosionada
y emulan tiempos mejores
aspiran a ser
la Tierra que las carcome
desde la altura enlutada
de la Gran Nada Celeste
que nos alumbra con soles.


Desidentidad

Eres Serás

La subida penosa por la vida arrastrando una y mil veces una piedra que se cae ladera abajo cuando crees estar arriba

Una raíz seca

Una máscara amable

Una existencia burda

Tu enésimo mil ataque de angustia

Una línea garabateada esperándote

Una puñalada trapera

Ganas de llorar

Un para qué

Tu peor enemigo

El ojo que te persigue

Una niñita llamada Úrsula

Tu peor herida

El placer y el dolor

El negro pozo que me traga

Mi decisión

Inspirar. El aire entra por la nariz

Soy

una efímera ciudadana de una metrópoli crudamente moderna

Soy

una insomne habitante de la noche urbana

Soy

una noche de tormenta delante de un espejo

Soy

un espejo cruel que cuartea una imagen

Soy

la imagen cuarteada.

Vean aquí un trozo de lo que parece mi nariz,

pero es mi oreja

Vean algo que parece mi oreja,

pero es mi boca

Vean mi boca apretada

convertida en un ojo

Vean mi ojo convertido en espejo.


Montañas Lejanas

Ya no quedan mariposas

(dicen)

en el campo.

Y sin embargo,

paseando esta mañana

con el mundo dormido

entre verdes y grises

habitantes

junto al ocre de los abedules

en el azul violento del cielo

he visto

dos alas blancas

atravesadas por el sol de invierno.

Y he soñado montañas lejanas

mientras mis ojos se rompían

en cristales.

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